Diarrea, vómito, reflujo, estreñimiento o dolor de panza recurrente. Encontramos la causa y te damos un plan claro para que tu hijo esté bien.
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La gran mayoría de las diarreas y los vómitos en niños son de origen viral, es decir, una gastroenteritis que se autolimita en pocos días. No necesitan antibiótico, y el objetivo del tratamiento no es "parar" la diarrea, sino evitar que el niño se deshidrate mientras su cuerpo se recupera. Ese es el punto que en consulta más insisto en explicar.
La herramienta clave es el suero de rehidratación oral, ofrecido en tragos pequeños y frecuentes; funciona mejor que dárselo de golpe. Y algo importante: no hay que dejar de alimentar al niño. Se mantiene el pecho o la fórmula en los más pequeños y se ofrece comida normal y tolerable. Conviene evitar jugos y bebidas muy azucaradas, porque empeoran la diarrea. Si quieres una guía práctica, revisa diarrea y vómito en niños: cómo hidratar.
Aunque casi todo se cuida en casa, hay señales que no debemos dejar pasar. El mayor riesgo es la deshidratación, y en bebés pequeños avanza más rápido, así que su margen de espera es menor.
Ante cualquiera de estas señales, no esperes: acude a urgencias o búscame de inmediato. Más vale valorar de más.
Que un bebé regurgite es de lo más común, y en la mayoría de los casos es un reflujo fisiológico: si crece bien y está tranquilo, tiende a mejorar solo conforme madura. Se vuelve un tema a tratar cuando hay llanto intenso al comer, rechazo del alimento, poca ganancia de peso o atragantamiento. En consulta distingo lo normal de lo que sí requiere manejo, para no medicalizar de más ni dejar pasar lo que importa.
Los cólicos del lactante son otra fuente enorme de angustia en casa. Ese llanto intenso al final del día, con la pancita tensa, es agotador, pero no es peligroso y tiende a ceder con el tiempo. Hay medidas que ayudan a sobrellevarlos mejor; te las explico aquí: cólicos del lactante y cómo calmarlos. A veces estos síntomas se relacionan con la técnica de alimentación, y ahí la asesoría en lactancia hace una gran diferencia.
El estreñimiento en niños es muy frecuente y casi siempre funcional, no señal de algo grave. Muchas veces empieza con un episodio doloroso que hace que el niño empiece a "aguantarse", y eso crea un círculo que hay que romper. Suele mejorar con más agua, más fibra, actividad física y hábitos tranquilos a la hora de ir al baño. Cuando hay dolor, sangrado o evacuaciones muy duras y espaciadas, armamos un plan concreto.
El dolor abdominal recurrente también es común y, en la mayoría de los niños, no responde a una enfermedad seria. Aun así, lo tomamos en serio: busco patrones, factores desencadenantes y descarto intolerancias o alergias alimentarias cuando el cuadro lo sugiere. Este seguimiento se apoya en el control del niño sano, donde vigilamos que el crecimiento y la nutrición sigan bien mientras resolvemos lo digestivo.
El mayor riesgo es la deshidratación. Acude pronto si notas señales de alarma: boca seca, llanto sin lágrimas, muy pocos pañales u orina escasa, decaimiento importante, sangre en las evacuaciones o vómito que no cede. En bebés pequeños, la valoración debe ser más rápida.
Regurgitar es muy común y, si el bebé crece bien y está tranquilo, suele ser normal y mejora con el tiempo. Se vuelve tema cuando hay llanto intenso al comer, rechazo del alimento, poca ganancia de peso o atragantamiento. En consulta distinguimos lo normal de lo que sí requiere manejo.
Lo más importante es hidratar con suero de rehidratación oral en tragos pequeños y frecuentes, y no suspender la alimentación: se mantiene el pecho o la fórmula y se ofrece comida normal y tolerable. Evita jugos y bebidas muy azucaradas, que empeoran la diarrea.
El estreñimiento es muy frecuente y casi siempre funcional, no por algo grave. Suele mejorar con más agua, más fibra y buenos hábitos al ir al baño. Cuando hay dolor, sangrado o evacuaciones muy espaciadas y duras, lo valoramos para dar un plan y romper el círculo.